The Little Castle in Rosemary Field

Jose Camino
Jose Camino

La pervivencia de la memoria, por Jose Camino.

Lucía, una periodista castellanomanchega de corazón, me pide que relate para este espacio de Internet mi recuerdo de Castillejo después de un cuarto de siglo viviendo a más de 5.000 kilómetros de él, en la ciudad “cuyas torres han lanzado una sombra sobre las sandalias de los ángeles”[1].

Hace años, la periodista que presentaba Castellanomanchegos por el mundo, me preguntó cómo se diría en inglés el nombre del pueblo. Como el título de este texto se dice. Un poco más largo, y puede que algo más poéticamente suene en inglés el nombre de nuestro lugar. La periodista me preguntó también fuera de cámara si añoraba el pueblo. No es exactamente añoranza, pero algo se echa de menos, como el que haya desaparecido su nombre de nuestro carnet de identidad, nos hayan convertido en optenses y que ya no seamos propiamente castillejeros o mantequeros, apelativo con que cada año nos gritábamos a nosotros mismos desde el Castillo los chavales de la escuela en la excursión que hacíamos con don Herminio para ver cómo crecían las, como mucho, dos docenas de pinos en las laderas del monte, antes de que se iniciase la repoblación forestal.

Uno no deja nunca de pertenecer adonde nació. Se puede vivir en la capital, el destino te puede llevar al otro lado del Atlántico, como es mi caso. No importa. El corazón puede querer irse, pero lo que no necesita es hacer esfuerzos para volver al lugar. (Ya no se usa este término, aunque se trata de una expresión tan castellana. Cuando Cervantes escribe que ‘El Quijote’ vive en un lugar del que él no quiere acordarse, “lugar” significa exactamente lo que nuestros padres y abuelos utilizaban para referirse al pueblo.)

Al lugar se regresaba para almorzar (también esta expresión ha desaparecido y ahora se entiende como el desayuno, cuando entonces se trataba de una comida a media mañana), y a él se volvía a la puesta del sol después de escardar o de recoger la aceituna, generalmente con tanto frío, o de sembrar las patatas.

No se trata de añoranza de nada específico, aunque cuando se compara, puede que sí sea añoranza recordar el agua fresca del río en donde se lavaba con greda la ropa o las entiznadas sartenes y cazos, o en cuyas pozas nos chapuzábamos los chavales que, por no mayores bastante o por no saber nadar, no podíamos ir a la presa de la Finca de Jarabo a bañarnos; puede que sea añoranza ver llenarse algunas suertes con el azafrán, o saborear los tomates del Castaño, o las setas de cardo que crecían por las eras.

Otras veces es el recuerdo de las personas de lo que se ocupa la mente: el Tío Vidal tocando la castañuela enorme en San Bartolomé, las sastras del taller de Juanito, la maestra doña Justina con su enorme moño cardado y sus tacones, para enmascarar su estatura; el cura de entonces y su sucesor, más joven, que a algunos nos mandaba a la escalera de su casa a aprender de carrerilla las respuestas de la misa en latín; Eladio y su acompañante tocando durante los días de la fiesta, bajo el tinao y sobre un estrado de traviesas de la vía, el acordeón y el jazband, como denominaba mi padre al tambor y a los platillos. O los lugares y hechos, como el la fuente del Gorromo, los chorlitos (así llamábamos a los carámbanos), que en los fríos días de invierno se convertía el agua que entonces destilaba el Peñascar; el molino de aceite del abuelo Primo, o el de harina, camino de Valdecolmenas; las casillas de la Renfe, la estación y el paso a nivel, cuyas cadenas tantísimas veces eché; y también la visita relativamente común de María la Estañadora con su carreta y su familia gitana, y también, cada verano, la de los destiladores de espliego, cuando el río todavía llevaba agua bastante para eso, para criar ranas y para regar los pepinos de los hortales.

Recordar es vivir y revivir. Soy de la opinión de Miguel de Unamuno de que cuando no existe nadie que pueda recordarte es cuando realmente estás muerto. En parte eso es lo que pretenden quienes han ideado poner a Castillejo en la red. No están ausentes de ello algunos Camino: uno rescatando fotos antiguas y palabras y decires tradicionales y puede que específicas de nuestro pequeño lugar en el mundo, y otros animando este proyecto. Yo me he sumado a ello con gusto, no solo con ese manojo de recuerdos de urgencia, sino también queriendo cooperar con la denominación en inglés a que Castillejo del Romeral viva y perviva. Puede suceder incluso que un día algún curioso navegador extranjero de Internet sienta curiosidad, pinche en la página y descubra ese pequeño lugar que bajo el Castillo, como el tomillo y el romero de sus campos, resiste a la aridez sin perder su aroma de pueblo chico pero único para ti y para mí. Un aroma que es el tuyo y el mío, allí nacidos, allí criados o de algún modo con él entrelazados.

Un nieto de la Tía Gaita.

 

[1] Thornton Wilder, Obras escogidas, ¿Prólogo?, por María Martínez Sierra (traductora), pág. 49. Aguilar, 1963.

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