Lo que solo la gente de pueblo sabe

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Tenemos pueblo, sí. Y bien orgullosos que estamos de ello, porque el pueblo es un lugar único en el mundo y a todos nos hacía y nos hace especial ilusión decir eso de: “me voy de vacaciones a mi pueblo”, pese a no ser tu pueblo, porque eres más de ciudad que un centro comercial.

A todos nos ha hecho siempre muy felices eso de volver a la gran ciudad y contarle a nuestros amigos que nos hemos pasado el verano subidos a los árboles, que nuestras tardes las hemos pasado yendo en bici al pueblo vecino o que has visto el amanecer en las eras con tus amigos.

Los que tenemos pueblo, entendemos la expresión de “¡¡Al pilón!!”. Entendemos lo que supone ‘salir al fresco’ o ‘sacar la silla al fresco’. Llamamos a la gente mayor “la tía…” o “el tío…”, aunque no sean de nuestra familia. Le ponemos el “la” delante a los nombres de mujer. Entendemos lo que quieren decir cuando preguntan “¿y tú de quién eres?”. Sabemos lo que supone el mes de agosto: un tour por las fiestas de los pueblos de la alredorá, pero sobre todo sabemos que las fiestas de nuestro pueblo son las mejores.

Entendemos, los de Castillejo del Romeral, que la noguera es el árbol que da las nueces y no un pueblo de Lérida. Eso de nogal lo tenemos difuso. Sabemos, lo que supone en fiestas, no probar una gota de agua más que para ducharte. Sabemos lo que es vivir sin cobertura y tener que subir al Castillo a buscarla.

Los de Castillejo, también sabemos lo que es el Galopeo y sabemos bailarlo a la perfección. Vemos normal el llamar a la puerta de una casa y que en el interior se escuche un “¿quién?” (siempre pensando “abre la puerta y verás quién soy, no me voy a poner a gritar). Sabemos lo que son las Arquillas: un puesto en el que venden chuches, juguetes y pulseras veraniegas en los días de fiestas.

Pero sobre todo y ante todo, los de Castillejo sabemos que las abarcas son unas zapatillas, que un abanto es una persona muy fea, que si llegamos tarde a misa decimos eso de “ainas llego”, y que si algo se nos cae, nos amagamos para recogerlo. En el caso de que a alguien le moleste algo, le solemos decir que se amuele, así como si queremos que llegue pronto a la quedada, le decimos que llegue ascape.

Si vemos a un niño entradito en carnes saltando, solemos decir eso de “mira como blinca el muchacho, con lo bollagas que está”. Por el contrario, si es un niño tranquilo solemos decir expresiones como “mira como cagalea” y si nos aburrimos en casa salimos por la puerta diciendo “me voy a echar una casquera con los vecinos”, es decir, que te vas a hablar con quién te encuentres, pero si ese vecino es muy pesado y habla por los codos, volvemos a casa diciendo: “menuda cencerrá que me ha metido”.

Cuando nuestra madre nos manda a por el pan y nos encontramos con un amigo, le decimos que nos han hecho un mandao. En invierno nos solemos poner al orete de la lumbre, porque hace mucho frío y cuando alguno de nuestros vecinos madrugadores sale a andar por la mañana temprano silbando, un día de verano en el que duermes con la ventana abierta, te revuelves entre las sábanas y piensas: “ya ha salido el tío tal solbitando.

Y así tantas y tantas cosas que solo los de pueblo, y más concretamente los de Castillejo del Romeral, sabemos y conocemos, y nos podíamos pasar una eternidad describiendo momentos y situaciones peculiares.

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9 thoughts on “Lo que solo la gente de pueblo sabe

  1. Muy bonito y muy cierto. Yo no soy de pueblo (bueno ahora sí que me he mudado a un pueblo por primera vez) pero me he criado en un barrio a las afueras de la ciudad y las costumbres han sido siempre como las de pueblo. Y ahora me da morriña cuando voy de visita a mi antiguo barrio-pueblo y lo veo que ha crecido tanto… hay tanta gente nueva y tantos negocios nuevos…que no lo reconozco. De vez en cuando me gustaría volver a esos años atrás cuando estaba yo jugando en “la fresca” y mi madre me tiraba el bocadillo por la ventana para cenar, ya que me pasaba el día entero “empercudía” (sucia de tierra) jugtando en la calle.

    Saludos!! 😉

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  2. Hola Lucía López Puerta.
    Antes que nada me voy a presentar. Me llamo Xavier Rosell López, también soy periodista, tengo 57 años, y mis orígenes por parte de madre, Asúnción López López, se encuentran en Castillejo del Romeral, un pueblo que he visitado pocas veces (se pueden contar con los dedos de una mano), pero cuya peculiar forma de hablar ha formado parte de mi entorno familiar en la ciudad donde nací y vivo, Sabadell (Barcelona), sobre todo por influencia de mis abuelos, Ceferino López Sáinz y María López Cañas. Tanto es así que he estudiado y acuñado palabras y expresiones «heredadas» de Castillejo, y que paso a describir, según mi visión en la distancia.
    A las que hoy me voy a referir se remiten exclusivamente a mi primera infancia, cuando mis abuelos decian «qué muchacho más ambrollero», refiriéndose a que era poco ordenado, y que los juguetes amontonados formavan «una parva». Si no les atendía, se me podía tildar de «tontilán», o en el peor de los casos de «tontusco», y si la cosa se ponía fea del todo, corría el peligro de recibir un «capón» (golpe de nudillos en la cabeza) o una «caponaria» (lo mismo, pero a discreción). Peor era la amenaza de «mía que te eslomo», «mía que te esnuco» o «mía que te augo (ahogo)», aunque lógicamente nunca se produjo tal caso, pero si las airadas derivaciones en voz alta del clásico «copón». que tenía su variante finolis («copín»), más sofisticada aún («coponaria») y lugareña radical («coponzusco»). Si entraban en la habitación y yo estaba desnudo, decían que yo estaba «en porretas» o «en pulitatis», si ensuciaba algo lo estaba «engorrinando» y si cogía trocitos del pan lo estaba «esmorollando». Si me hinchaba a dulces me catalogaban de «husmo», o decían «mía tú que husmería», si les provocaba hilaridad alguna de las cosas que hacía, después de carcajearse decían «Uh, qué risión», y si al contrario no les hacía gracia, decian «este muchacho no tié fuste» a lo que a veces añadían «ni muste». Especialmente divertido era para mí cuando ibamos al campo a buscar «collejas», comíamos «arzollas» (almendras con la primera capa todavía verde, y la segunda blanda, pero comestible) y bebíamos de un «maniantal». No soportaban mis impertinencias, y al rato soltaban «que muchacho más entrequedente», que se acompañaba de «ea!», «amos que» o, en un tono más amenazante, «que te, que te, que te….» (se suponía que despues del tercer «que te» caía un capón si seguías «enfurruñao»).
    Hasta aquí mi comentario de hoy, referido a mi niñez. He aprendido otras expresiones de cariz más adulto que dejo para otro día. Adelanto mi preferida, porque creo que nadie la ha puesto todavía en este foro: «Tarranco», que significa «absolutamente nada», y que también se puede acuñar como «tarranco de ná» (menós aún). Por ejemplo, si antaño unos de Castillejo iba a Valdecolmenas a comprar un jamón, y no quedaba ninguno, le decían «¿Jamones quiés? Pues no me queda ni tarranco».

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