Cincuenta años no es nada. La romería

Por: un nieto de la Tía Gaita.

Un nieto de la Tía Gaita
Un nieto de la Tía Gaita

Tengo ante mí la fotografía de la talla entrañable y deliciosa de santa María de la Cabeza, cuya belleza, por los años pasados y por otras vicisitudes, se me había difuminado, y a la cual Castillejo homenajea ahora en los días previos a la fiesta litúrgica de la Ascensión, casi siempre cercana al día de san Isidro, que fue su marido, aunque en el pueblo se identifique la imagen con la Virgen María.

Es una imagen pequeñita, menuda y de cara lindísima, de cabellos negros y de intensos ojos negros azabache a los que endulzan más sus finos y sonrosados labios.

A esta imagen de abogada celeste, a la que puede que le deba vivir, un grupo de mozas, y ocasionalmente alguna casada, le prepara desde siempre y le conserva el traje azul purísima bordado en oro, el velo de blonda y la doble corona de reina y de virgen.

La base de la primera la circundan piedras granates y esmeraldas, y alrededor de la segunda, en el centro de trece estrellas, destellan otras tantas piedras alternas. Es el rubí símbolo del amor. Lo es el verde, de esperanza.

Puede que nadie del lugar le haya hecho una visita, por circunstancias obligadas, a más temprana edad que en mi caso. Y acaso allí (si por su intermediación o no eso solo lo sabrá la propia santa) algo pasó.

De mayorcillo refería mi madre, y mi padre, bastante anticlerical, no lo negaba, que solo el cobijo providente y la petición del corazón, el alma y la mente de una mujer que no tenía más que un hijo y escasa posibilidad de tener más, guarecidos bajo la tinada de la ermita, permitió que en un día de enero o febrero, de regreso de coger aceituna, los labios amoratados recobraran el ababol rebajado propio de los niños en mantillas, y los tres pudieran seguir camino al pueblo.

Ha pasado medio siglo desde la última vez que asistí a la romería, un jueves seguramente, como se hacía entonces.

También era usual en aquel tiempo que ese día celebraran la primera comunión cuantos chicos habían asistido a la doctrina. Fue ese mi caso y el de Anastasio, Arturo y Pepito, vestido de marineros de gala, y el de Angelines, Juanita y la hija del jefe de estación.

No había ninguna comunión este año. No estaría mal que quienes tienen hijos en edad apropiada decidieran celebrar la primera comunión de ellos en el contexto de esta fiesta. ¿Por qué no?

También sería interesante rescatar del olvido el típico hornazo u hornazgo, pues en el horno se horneaba, sustituido ahora por la más contundente pero algo menos tradicional caldereta, a la que la brisa del atardecer, como premio a la generosidad de cuantos la preparan, la aromatiza con olor a jara, a mies en brote y a romero.

No ha variado la costumbre de cantar el Rosario, con breves paradas de la procesión entre misterio y misterio, durante las cuales la periodista mantequera de corazón aprovecha para cómodamente fotografiar desde lo alto del zopetero a residentes y forasteros y dejar constancia para la posteridad de la magnitud del evento: un método estupendo de perpetuar gráficamente y de difundir lo que de otro modo se convertiría en fugacidad de la memoria.

Ha sido nuevo para mí el chocolate con rosquillas de la Virgen, como alguien las llamó, que parte la noche de baile y de música de fin de fiesta, de sanochá, con vivencia que en mi caso ha servido para poner nombres a caras nunca olvidadas, refrescar vida y aconteceres con amigos que nunca dejaron de serlo, para afianzar la pertenencia. Para, parafraseando al tanguista, sentir que cincuenta años no es nada.

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